Dos opiniones sobre la “soberanía regulatoria” de Europa
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Señorías:
Cuando hablamos de competitividad e independencia, es obligatorio hablar de nuestras relaciones con los Estados Unidos.
He oído muchas cosas acerca del acuerdo al que llegamos este verano.
Entiendo perfectamente las reacciones iniciales.
Permítanme, por lo tanto, que sea lo más clara posible.
La relación comercial que mantenemos con los Estados Unidos es la más importante de todas nuestras relaciones comerciales.
Cada año, exportamos a ese país mercancías por valor de más de 500 000 millones de euros.
Millones de puestos de trabajo dependen de esas exportaciones.
Como presidenta de la Comisión, jamás jugaré con los puestos de trabajo o los medios de subsistencia de nuestros ciudadanos.
Ese es el motivo por el que buscamos un acuerdo: para mantener el acceso de nuestras industrias al mercado.
Y nos aseguramos de que Europa obtuviera el mejor acuerdo posible, dadas las circunstancias.
Hemos colocado a nuestras empresas en una situación de ventaja relativa.
Porque algunos de nuestros competidores directos deben hacer frente a unos aranceles estadounidenses mucho más elevados.
Sí, efectivamente, es posible que sus aranceles de referencia sean inferiores.
Pero si se tienen en cuenta las excepciones que hemos conseguido y las tasas arancelarias adicionales que se aplican a otros países, tenemos el mejor acuerdo. Sin ningún género de duda.
Y quiero ser de una claridad meridiana sobre una cuestión:
ya sea en materia de regulación medioambiental o digital,
fijamos nuestras propias normas;
fijamos nuestra propia reglamentación.
Europa siempre decidirá por sí misma.
Señorías:
No creo en los aranceles.
Los aranceles no son sino impuestos.
Sin embargo, el acuerdo proporciona una estabilidad crucial en nuestras relaciones con los Estados Unidos en un momento de grave inseguridad mundial.
Piensen en las repercusiones de una guerra comercial total con los Estados Unidos.
Imagínense el caos.
Y, a continuación, comparen esa imagen con la obtenida en China la semana pasada.
China, flanqueada por los dirigentes de Rusia y Corea del Norte.
Putin alardeando de que las relaciones entre Rusia y China han alcanzado unas cotas sin precedentes.
Ninguna de estas manifestaciones supone una gran sorpresa.
Pero refleja el panorama cambiante.
Y genera dos imperativos si lo que queremos es impulsar la independencia de Europa y su lugar en el mundo.
El primero de ellos es que debemos redoblar nuestra apuesta por la diversificación y las asociaciones.
El 80 % de nuestro comercio tiene lugar con países distintos de los Estados Unidos.
Tenemos, por lo tanto, que aprovechar las nuevas oportunidades.
…/…”
Previamente, el 5 de septiembre, el periodista NACHO ALARCÓN, opinaba lo siguiente:
| Nexo Europa (nº 250) – El verano de la humillación
Hablamos del verano de la humillación europea y de cómo la Comisión Europea está fracasando estrepitosamente en su gestión |
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Dicho eso, tanto en el caso comercial como en el geoestratégico los europeos no es que estén admitiendo su propia posición de debilidad, es que están negando que tengan ningún tipo de palanca negociadora. En la cuestión comercial ha habido una rendición prácticamente total, y Maros Sefcovic, comisario de Comercio, está embarcado en la misión de defender que es un buen acuerdo porque podría haber sido peor. Es un muy buen argumento para aceptar casi cualquier cosa. Por lo menos no estamos muertos.
Tras el acuerdo hay una creciente narrativa de que el lado europeo hizo todas esas cesiones con un fin último: mantener a Estados Unidos comprometido con la seguridad europea. Así lo apuntan desde la Comisión Europea, y así lo han deslizado en los últimos días algunas fuentes europeas. “¿Es lo que ha pasado durante el verano algo que vaya a hacer sentirse orgulloso a los europeos? No. Pero eso no significa que no haya sido una gestión inteligente”, señala una de ellas. António Costa, presidente del Consejo Europeo, también ha señalado en la misma dirección, vinculando el pacto a una especie de promesa por parte de EEUU de proteger Europa.
También lo ha hecho la propia directora general de Comercio, la alemana Sabine Weyand, que estaba presente en Escocia y a la que la foto de la humillación con Trump no le hizo ninguna gracia, como comentamos en su momento en la red social X. “Si no escuchas la palabra negociación es porque no la hubo”, ha afirmado recientemente Weyand en una entrevista con un medio alemán, explicando que la UE necesitaba el acuerdo para “estabilizar” la relación transatlántica de cara a obtener garantías de seguridad por parte de EEUU.
No me voy a detener demasiado en esto, pero si lo que Weyand y Costa deslizan es así, la situación es todavía más grave de lo que se está transmitiendo. ¿Ha aceptado la Comisión Europea un acuerdo que genera un desequilibrio comercial estructural con EEUU bajo amenaza? ¿Ha vinculado la Casa Blanca el que la UE ‘pague’ su seguridad con un humillante ‘acuerdo’ comercial al compromiso de EEUU con la seguridad euroatlántica? Si no es así, ¿por qué lo deslizarían Weyand y Costa? Si es así, la OTAN está muerta. Y si es así y no se ha explicado entonces la Comisión Europea está hurtando a los europeos un debate serio respecto al futuro del continente.
Más allá de eso, y para lo que ahora no tenemos respuesta, que el acuerdo ha fracasado a la hora de proteger la “soberanía regulatoria de Europa”, por mucho que Von der Leyen asegurara que el pacto la garantizaba, ha quedado ya más que demostrado. Trump ha amenazado con nuevos aranceles si la Unión Europea no cambia su aplicación de las nuevas leyes que gobiernan el mundo digital, la Ley de Mercados Digitales (DMA) y la Ley de Servicios Digitales (DSA). Después hemos sabido que esas amenazas por parte del presidente de EEUU llegaron justo después de que Mark Zuckerberg, fundador de Meta, la empresa matriz de Facebook, WhatsApp o Instagram, hiciera lobby al inquilino de la Casa Blanca.
Teresa Ribera, vicepresidenta ejecutiva de la Comisión Europea a cargo de Competencia y Transición, y, entre otras cosas, de aplicar la DMA, ha asegurado en una entrevista que la UE debería replantearse la aplicación del acuerdo si se mantienen las amenazas de Trump. Estaba haciendo de ‘poli malo’. El que la Comisión Europea considere que es una opción amenazar con no aplicar el acuerdo comercial es una demostración de que el argumento de que el pacto se hizo para garantizar la seguridad de Ucrania y de la UE es… bastante débil. ¿O es que estamos dispuestos a aceptar aranceles del 15% por parte de EEUU sin contramedidas para salvar a Ucrania y a nosotros mismos, pero no a que tengamos que dejar de aplicar la DMA y la DSA a los gigantes tecnológicos americanos?
Además, esta semana hemos sabido también que aunque el lunes estaba previsto que el Ejecutivo comunitario aplicara una multa a Google, Sefcovic presionó para que esta se detuviera, algo que ocurrió en el último momento por intervención de la secretaría general de la Comisión Europea. Vamos, por orden de Ursula von der Leyen. ¿La razón? Trump todavía no ha firmado su parte del ‘acuerdo comercial’, y Sefcovic temía que una multa a Google tras una larguísima investigación pudiera hacer descarrilar todo el pacto. La multa llegará, pero no por ahora.
Por lo tanto el acuerdo está fracasando a la hora de defender nuestra autonomía regulatoria y está fracasando en su objetivo principal, que es ofrecer una supuesta “estabilidad” y “predictibilidad” a las empresas europeas, porque las amenazas de Trump siguen llegando. ¿Por qué no iba a fracasar también en garantizar que Estados Unidos siga vinculado a la seguridad euroatlántica? Los que están a favor de la gestión de la Comisión Europea me preguntarán que cuál es la alternativa. ¿Podemos prescindir de la seguridad americana? ¿Podemos ir de verdad a una guerra comercial total? Es un debate interesante, pero totalmente trucado: asumir una estrategia absolutamente derrotista desde el minuto 1 y cuando eres derrotado plantear si hay ahora una alternativa a un resultado que viene precocinado por tu actitud inicial es tramposo.
Pero no basta únicamente con que la Comisión Europea piense que ha dado suficientes explicaciones de por qué ha cerrado este acuerdo. Para hacer efectivo el lado europeo del pacto (aunque es verdad que EEUU debe cumplir con su lado del acuerdo simplemente con que el Ejecutivo comunitario haya lanzado el proceso, algo que ya ha hecho), Bruselas necesita que el Consejo de la Unión Europea y el Parlamento Europeo le den el visto bueno. Y en la Eurocámara hay una creciente resistencia, que también se explica por el hecho de que, a diferencia de lo que ha ocurrido con el Consejo, la Comisión Europea haya informado entre muy poco y nada a los eurodiputados sobre lo que se estaba negociando. Los Verdes ya han mostrado su oposición, y a ello se ha unido en estos últimos días Iratxe García, líder de los socialdemócratas (S&D).
Los europeos se congratulan, eso sí, de que Estados Unidos esté más implicado con las garantías de seguridad para Ucrania después de la guerra, aunque no lo haría con efectivos en territorio ucraniano, sino con cobertura logística y de otro tipo. Esta semana, en París, hemos vuelto a ver una reunión de la llamada “coalición de voluntarios” que están dispuestos a garantizar su integridad a Kiev una vez termine el conflicto, con tropas sobre el terreno. Von der Leyen ha asegurado en una entrevista con el Financial Times que ya hay planes “bastante precisos” sobre el reparto de esas fuerzas, lo que ha provocado cierta tensión. Boris Pistorius, ministro de Defensa alemán, ha recordado que la Unión Europea no tiene ninguna competencia en este campo y aseguró que es “totalmente equivocado” hablar de ello en público. Sin embargo, tras el encuentro, Emmanuel Macron, presidente francés, celebró que 26 países estén dispuestos a participar con tropas sobre el terreno o con presencia aérea o marítima. Ahora la clave será qué señal da Washington del plan discutido en París. Porque a veces puedes creer que Trump se está acercando a tus posiciones sin que eso sea necesariamente irreversible. Este mismo jueves, el FT publicaba que diversas fuentes diplomáticas confirmaban la decisión de EEUU de recortar fondos al entrenamiento de fuerzas militares en la frontera oriental de Europa.
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